Inseparables


Nosotras hacemos todo juntas: nos sentamos en el mismo banco en la escuela, nos acompañamos al baño y dormimos en la misma cama. Ella ocupa la parte izquierda, y es tan prolija que jamás arruga la sábana. También tomamos la chocolatada de la misma taza y comemos de un solo plato.
Ella no habla mucho, y menos cuando están mamá y papá. Mamá y papá tampoco se dirigen a ella, siempre me hablan a mí.
Hacemos todo juntas, menos una cosa. Cuando vamos con mamá y papá al cementerio, ella se queda en casa. Dice que le da impresión ver una tumba con su nombre.

Brillo propio


—¡Felicidades, hermanita! —dijo Víctor entrando en el cuarto del sanatorio—. Ya sos mamá, ¿quién lo hubiera dicho? —Le dio un beso en la frente.
—¿Estás solo? —dijo ella.
—Ahora viene Vale, se demoró comprando algo en el kiosco.
Ella le sonrió, y le hizo un gesto hacia la cunita.
—¿Duerme? —dijo él.
—Creo que está despierta.
Víctor se agachó junto a la cuna y miró a la beba a través del acrílico transparente.
—Es hermosa —dijo. Y de golpe se separó de la cuna.
—Eh —dijo la madre—. ¿Qué te pasa?
—Esta nena —dijo él, desde un rincón del cuarto— tiene algo… especial.
—Sí —sonrió la madre—, es especial: acaba de convertirte en tío.
Cuando llegó Valeria, Víctor había vuelto junto a la cuna. Le había agarrado la mano a la beba, y no quería soltarla.
Valeria le dijo que podía estar más baboso con su sobrina.
—Mirá, Vale —dijo él—. ¿No es…? ¿No es perfecta?
Y Valeria se asomó a la cuna:
—Tenés razón, Víctor. Esta beba tiene brillo propio.
Todos los que visitaron a la beba se sorprendieron por el brillo, aunque no lo llamaban brillo. Inventaban mil palabras para definirlo.
Pasaron los días y, cuando la madre la sacaba a pasear en el cochecito, la gente se daba vuelta a mirarla. Muchos preguntaban si podían acariciarle las mejillas.
La madre estaba tan orgullosa, que decidió aumentar ese brillo: la untó con cremas, cepilló la pelusa que tenía por pelo, hasta llegó a ponerle un toquecito —que no se notara demasiado— de purpurina.
Así, durante el primer año, el segundo, el tercero.
Un día, la madre notó que nadie hablaba del brillo de su hija.
Jamás imaginó que el brillo externo le había ido opacando el brillo propio.


Entrega



Aquella mañana, después de la primera noche de amor con Rogelio, mientras preparaba el desayuno, noté que me había desaparecido el anular de la mano izquierda.
No había sangre ni cicatriz ni nada, sólo la falta de las tres falanges. Se me ocurrió que si hubiese tenido anillo de casada, lo habría perdido junto con el dedo.
Dos mañanas después, frente al espejo, descubrí que tenía un solo ojo.
A la semana necesité un perro lazarillo, y pronto de una silla de ruedas. Y Rogelio parecía no notar las ausencias en mi cuerpo. Por el contrario: cada día lo sentía más enamorado de mí. Con pequeños gestos, me hacía sentir única.
Y así continuó la secuencia: yo ya no comía, porque había perdido el estómago. A eso le siguieron los riñones, los intestinos. Hasta que sólo me quedó el corazón.
Fue entonces cuando Rogelio me lo dijo. Que no me quería más, me dijo.

Publicado en In excelsis, Macedonia Ediciones, 2015.

Poderoso


 
—Puaj, ¡qué olor a nafta el auto rojo! —dijo Paolo, tapándose la nariz.
—¡Callate, nene! —chilló Abril, y se estiró hacia el asiento de adelante—. ¡Otra vez Paolo dice mentiras, mamá!
La madre sacó la vista de la ruta.
—¡Basta, Paolo! —dijo dándose vuelta—. No asustes a tu hermana. Y pensá en algo lindo.
Al rato, pasando una estación de ypf, vieron que un camión estaba descargando combustible. Y un Clío rojo esperaba atrás.
—Lo sabía —dijo Paolo dando una palmada—. Ustedes nunca me creen.
Soy poderoso, pensó. Y en pocos días.
Y era cierto: en la última semana había adivinado el incendio de la fábrica de galletitas, la inundación de La Plata… y ahora lo de la estación de servicio.
Enseguida, otro olor. Paolo volvió a presionarse la nariz. Un olor dulce. Lo conocía, pero no lograba identificarlo. ¿Cuándo lo había sentido antes? ¿Dónde?
Cerró los ojos y vio: Abril tirada en la banquina, con el pelo enmarañado. Y mamá tampoco se movía. Él quería ayudarlas, pero no conseguía levantarse. En lugar de eso, se dormía. Un sueño muy largo.
Ahí se dio cuenta: olía sangre. Su propia sangre.
Debo pensar en algo lindo, se dijo. ¡En olor a chocolate, por ejemplo!
Pero el olor a sangre se le hacía más intenso.
—¡Paolo! —Abril le lanzó un manotazo—. ¿Qué hacés? ¡Mamá, Paolo se va a morir asfixiado!
Mamá se dio vuelta para retarlos de nuevo y… el choque, el vuelco.


Publicado en El Eclipse de Gyllene Draken.

Aquellos ojos


Segunda semana

Dejó la cartera y el saquito sobre el sillón y corrió a la cocina.
Ricki había retirado una silla del comedor diario y tenía los pies descalzos encima de la mesada. Miraba la tele con una botella de cerveza en la mano. Si se había dado cuenta de su presencia, no dio señales. En la pantalla se sucedían imágenes del Golfo de Bengala bajo el tsunami.
—Ricki… —dijo ella, y lo abrazó tan fuerte que casi lo tiró de la silla.
—¡Pará, Mónica! ¿Qué bicho te picó? ¿No ves que estoy viendo el noticiero?
Mónica, con un gesto alegre, agarró el control remoto y apagó el televisor.
—¡Qué hacés, loca!
—Nada —dijo—, solamente te abrazo. Y cuando te abrazo y tengo algo que contarte, no me gustan los ruidos de fondo —y esperó la reacción de Ricki—. Además no precisás la tele, tonto: yo tengo la mejor noticia, ¿sabés?
Él se llevó la botella a la boca y no la soltó hasta que estuvo bien vacía. La dejó en la mesada con tanta bronca, que Mónica creyó oír el astillarse del vidrio.
—A ver —dijo Ricki—, más vale que valga la pena. No me vengas con que tu vieja…
—… no —interrumpió Mónica, tan feliz que no podía mantener la incógnita—. No tiene nada que ver con mamá. Y estoy tan contenta, que ni me importa. La noticia está relacionada con una madre, sí, pero no con ella. Además, para que lo sepas, todavía no le dije nada.
—¡Increíble!
—¡Ricki, estoy embarazada! 
Él la miró unos segundos. Se levantó de la silla. Buscó otra cerveza en la heladera. La destapó y se apoyó en la mesada, con la botella en la mano.
—Vos estás embarazada —dijo, neutro—. ¿Y tan contenta por eso?
Mónica no podía ponerse seria. Ricki, su Ricki, correría a abrazarla en cualquier momento y entonces festejarían.
—Claro, ¡cómo no voy a estar contenta, pavo! ¡Vamos a tener un hijo! Ricki, voy a tener un hijo tuyo, ¿entendés? Voy a ser madre, estúpido. Vení, enterate y dame un beso.
—¿Estúpido, dijiste? —él la miraba como si no pudiese creer lo que había oído—. ¿Pavo, dijiste?
—Fue un chiste nomás. ¡No ves, no se te puede decir nada! Dale, pará de hacerte el tonto y dame un beso.
—¿Tonto?
—Ricki, basta. No juegues al malo, que me lo voy a creer. Voy-a-ser-madre. ¿Entendiste?
—¿Madre? ¿Madre? —violeta de la bronca, se asomó a la ventana—. Me pareció escuchar que la señora va a ser madre —dijo, como si estuviese hablando con los de enfrente: era notorio que la cerveza esta vez le había pegado duro—.  ¿Madre? —repitió, volviéndose—. Perdón por la corrección —se le patinaban las palabras—: yo diría asesina. A-SE-SI-NA, no madre. Eso es lo que sos: una asesina. Y si no te lo dije antes fue porque…
—¿Porque qué? —Mónica se puso en guardia, jamás hubiera pensado que Ricki reaccionaría de esa manera. Aparte, no había tomado más que de costumbre.
—Porque ahora es el momento, querida —él le sonreía burlón, apuntándola con la botella—. Ahora que te vas a convertir en mamita. Lo que digo es que una asesina de tu calibre no puede jactarse de estar embarazada.
—¡Qué carajo venís ahora a reprocharme algo que pasó hace cuatro años! —Mónica se desplomó en una silla, y de golpe se irguió amenazante—. Voy a decirte algo sobre el asesinato —chilló a modo de defensa—. Para tu información, yo no lo hice sola.
—¿Ah, no? —Ricki tomó otro buen trago de cerveza.
—¡No, señor!
—Sí que lo hiciste, te cortaste sola. Llamaste al medicucho ese, y yo me enteré cuando el pollo ya estaba cocinado —volvió a empinarse la botella: la cerveza se le escurrió por la barba y le mojó la camisa desabrochada—. ¡Ah! Perdón, perdón, señora, usted tiene razón —gesticulaba a lo grande—. Usted no lo hizo sola, sino ayudada por la bruja que dice ser su madre, que seguro ya se había mandado un litro de blanco. ¡Qué digo un  litro! En semejante situación, la vieja se habría bajado por lo menos dos. Así que no me involucrés, ¿escuchaste? —soltó la botella, que se estrelló contra el piso, agarró a Mónica de un brazo y la obligó a mirarlo a los ojos—. ¡No me involucrés! ¡No me involucrés!
Ella logró soltarse. Se puso la hebilla en la boca, y con las manos en la cabeza se recogió el pelo y ajustó la hebilla formando una cola de caballo.
—No tenés huevos para reconocerlo, ¿no? —dijo, y Ricki le dio vuelta la cara de un sopapo.
Mónica cayó entre los vidrios y la cerveza derramada. Apenas se cortó un poco el brazo.

Doce semanas 

Sintió el gel frío pegoteándole el vientre. El médico ecografista le apoyó el transductor y lo deslizó. Los dos litros de agua que había ingerido una hora atrás hacían estragos en su vejiga.
—¿Me dijo que estaba de…
—Doce semanas —dijo ella, deseando que la dejaran en paz de una buena vez. No quería ver el monitor. Ni siquiera asomarse. Hacía varios días se le había ocurrido que estaba embarazada de mellizos, aunque era totalmente improbable: ni ella ni Ricki tenían antecedentes. Pero la idea venía afianzándose en su cabeza.
—Bien —el ecografista señaló el monitor, y Mónica sintió el dolor de la vejiga explotándole—. Este es el corazoncito. Vea, vea. ¿Puede ver los latidos?
—Apenas.
—De doce semanas —repitió el médico, como para sí. Y volvió a deslizarle el ecógrafo.
—¿Pasa algo raro?
—No —el médico le sonrió mientras la limpiaba con una toalla de papel—. Su bebé está perfectamente.
—Perfectamente qué.
—Perfectamente bien.
Mónica salió del consultorio y tomó un taxi.
En una vidriera de accesorios y ropa infantil, advirtió un carrito de paseo para mellizos. Ahora le causaba gracia. ¿De dónde habría sacado semejante ocurrencia?
Entró en su casa y fue directamente a la cocina.
Sobre la mesa había una nota de Ricki.
Lo habían invitado a jugar al fútbol y después se iría a comer con la barra.
Mónica pensó que debería llamar a su madre y contarle lo de la ecografía. Miró la hora: las nueve menos cuarto de la noche. Lo dejaría para el día siguiente, quién sabe si ya su madre no estaría durmiendo la mona.
Abrió la heladera y se preparó un sándwich con todo lo que encontró. Lo fue engullendo de pie junto a la mesada. Empinó la botella de yogur hasta vaciarla y, antes de salir de la cocina, peló un par de bananas para comérselas viendo la tele.
Acomodó las almohadas en el centro de la cama matrimonial y devoró una banana, luego la otra. Puro potasio, se dijo. Ideal para los chicos.
¿Los chicos? Qué estúpida, era una forma de decir.
Se acarició la panza. Un escalofrío, como una descarga eléctrica, la obligó a retirar la mano. Debe ser estática, pensó y soltó el control de la tele.
La tele. Una película vieja, en blanco y negro: el tipo grita y se va pegando un portazo. La mina le sacude con los platos a la puerta cerrada.
Ella lo mismo, aunque sin platos. Por ahora. Desde que quedó embarazada no hacía otra cosa que discutir con Ricki. Ya no importaba el motivo, pero siempre terminaban en lo mismo: él le decía, una y otra vez, que ella no serviría como madre.
Ahora Mónica estaba sola en la habitación, sola con su hijo. Le resultaba extraño: sentía que ella y su bebé invadían un espacio que le pertenecía a Ricki: a fin de cuentas, en ese momento ella estaba metida en la cama con un hombre. Si es que llega a ser varón, pensó. Intentó acariciarlo nuevamente.
Y otra vez el escalofrío.
Su madre diría que era por las bananas. Cuántas veces la había prevenido: “Moni, no comas bananas a la noche, que caen pesadas. Y menos con un bebé encima”.
Miró el lado de la cama donde normalmente dormía Ricki, y sonrió con una amarga sonrisa: seguro que ni sabía de cuántas semanas estaba.
Recostándose, apagó la tele y el velador. Acomodó la almohada bajo la nuca y no tardó en dormirse.
El bebé descansaba boca arriba en la cunita de la maternidad.
La cabeza de Ricki, con barba y todo. Evidentemente era su hijo.
Mónica lo observó con ternura, sentada en el borde de la cama. En cualquier momento se despertaría, y ella podría tenerlo en brazos, amamantarlo. Le dolieron los pechos; se tocó: tenía el camisón mojado de leche.
El bebé abrió los ojitos. Pero no la miró. Veía hacia otro lado, hacia el vacío. Esas semillas de color turquesa, cada vez más abiertas… ¿Qué estaba mirando?
Mónica se levantó, apoyándose de costado para que no le dolieran los puntos de sutura.
Fue rodeando la cuna —sintió el borde de mimbre en la yema de los dedos— hasta que pudo verlo de frente.
Había terror en los ojos del bebé.
Mónica no podía con eso, apartó la vista. Pero no aguantó.
Otra vez al borde de la cama. Otra vez el camisón mojado y ese dolor de madre en los pechos rebosantes. Y, cubriéndose la cara, espiando por entre los dedos, volvió a mirar hacia la cunita de su hijo.
Ahora no había un bebé.
Había dos, idénticos.
Y uno, el que lloraba mudo frente a Mónica —una silenciosa mueca de angustia—, miraba al otro con espanto.
Mónica tragó saliva y bajó de la cama. Esta vez ni siquiera se atrevió a rozar el borde de mimbre.
 Caminó con lentitud exagerada. Los pies pegoteados al piso, debía esforzarse. Debía esforzarse —una parte de ella no quería ver—, combatiendo consigo misma por llegar al otro lado.
Había algo allí, estaba segura.
Algo que quizá no aguantaría.
Y llegó. Llegó más rápido de lo que hubiese deseado.
Y descubrió que el otro bebé —semioculto entre las sábanas— emitía sonidos húmedos, apenas audibles.
En su mirada sólo había muerte.
Aterrada, la madre no podía dejar de observar: era el duplicado perfecto de su bebito.
¿Qué decían aquellos sonidos húmedos? ¿Le hablaba a ella?
Sí, le hablaba a ella.
Le decía a ella una sola palabra. Una palabra indescifrable.
Pero al instante de reconocer su sentido, Mónica se despertó.
Y le era imposible recordarla siquiera.


Dieciocho semanas

La pesadilla volvió cada noche. Pero Mónica no se atrevió a mencionarla, ni siquiera a su madre.
La oscuridad de su cuarto se convirtió en su peor enemigo.
¿Cuándo había sido la última vez que descansó dos horas seguidas?
Ya no la sorprendía lo que la esperaba al cerrar los ojos: sabía cuál sería el sueño, sabía que despertaría empapada.
Tal vez lograría dormir un rato. Y sin soñar.
Era su único consuelo, dormir apenas. En ese apenas se refugiaba para no pensar, para no admitir la verdad: la pesadilla se iba modificando noche a noche; en los últimos meses, a medida que su vientre se había ido abultando, el movimiento de los labios del engendro se había hecho más reconocible.
Hasta que una noche le lanzó abiertamente la palabra.
Oportunidad.
¿Oportunidad? ¿Oportunidad para qué?
Se sentó de golpe en la cama.
Ricki, a su lado, roncaba como un hipopótamo, desmayado de tanta cerveza.
Mónica se levantó y fue a la cocina sin encender la luz.
Llamaría a su madre, con un poco de suerte no estaría tan borracha y escucharía el teléfono.
Marcó y esperó.
Nada, no hubo respuesta.
¿Qué iba a hacer? ¿Volver a la cama con el estúpido de Ricki?
No, ya no lo aguantaba.
Se puso el saco que había dejado sobre el sillón, agarró la cartera.
Y deambuló sin rumbo hasta el amanecer.


Veinticinco semanas

Mónica se despertó por sus propios gritos.
Abrió los ojos tratando de ver en la oscuridad, ver y comprobar que realmente acababa de despertar de otra pesadilla.
—¿Qué mierda te pasa? —escuchó, al mismo tiempo que sintió una sacudida en el hombro—. ¿Te volviste loca? Ya ni dormir se puede en esta puta casa.
Sí, efectivamente la sacudían para que despertase, estaba huyendo de la peor pesadilla de su vida.
—Me tenés podrido —era la misma voz.
Y se encendió la luz.
Ricki, su marido. El padre de la criatura. El padre de eso.
Lo miró un segundo y pensó que él jamás aparecía en sus sueños. Por algo sería.
Pero esta pesadilla había sido distinta, ojalá pudiera catalogarse como un simple sueño. Ya no era aquel horror al que se había habituado, no: se trataba de un dolor físico insoportable. El grito que había espantado a Ricki se debía a ese dolor. ¡Se despertó tan angustiada! El desgarro de la carne, que la martirizó hasta desvelarla, había sido tan real… Ni siquiera aquel lejano día, cuando había llevado a cabo la intervención —el asesinato, como lo llamaba Ricki—, había sufrido semejantes dolores.
Sentándose en la cama, Mónica se secó la cara con la sábana y le hizo un gesto de disculpa.
Él ni la miró. Agarró la almohada y se fue al living.
—Necesito descansar, zángana. Mañana tengo un día terrible.
Mónica se levantó al baño. No era la primera vez, ni sería la última, que Ricki dormiría en el sillón.
Antes de volver al cuarto se miró en el espejo: con esa remera de dormir, la panza se veía más grande. Hasta le pareció el doble de crecida que el día anterior.
Llevaba un embarazo de seis meses, ¿qué esperaba? Era hora de que la panza se hiciera notar.
Se metió en la cama y dejó la luz del velador.
Repasó la pesadilla. Aunque no quisiera, debía recordarla. No podía darse el lujo de perder detalles. Tal vez se lo reprocharía más adelante.
Todos los elementos que antes habían aparecido como entre gasas raídas, como fragmentos —esos ojos que tanto la atemorizaron al principio; esa boca… esa boca que la había enloquecido tratando de entender la maldita palabra que articulaban los labios; esa cara, ese cuerpo, duplicado del otro—, ya no eran una alucinación ni parte de un sueño: esta vez se le habían metido adentro. En su propio vientre.
Y ahora Mónica era mirada por eso que, sin dejar de vigilarla, abría la boca. Pero esta vez no hablaba, no emitía ningún sonido húmedo. Más bien se acercaba a su molde, a su prototipo, al verdadero hijo de Mónica y Ricki.
Y lo había mordido.
Y Mónica había visto en la boca del engendro un colgajo de carne fresca, sangrante. Y ella había descubierto que esa carne era la mejilla de su inocente hijito, el verdadero.
Decidió hablar con su madre. Su madre. Su madre y la puta que la parió. Si la encontraba borracha de nuevo la despertaría aunque tuviera que echarle un balde de agua en la cabeza.

—Moni —le dijo la mujer dos horas más tarde—, vos tendrías que ver a un psiquiatra —abrió la heladera y se puso a toquetear. Sacó su desayuno: una botella de “New Age”, seguramente recién abierta, y se sirvió del pico—. ¿Querés? —preguntó secándose la boca con el dorso de la mano que sostenía la botella de vino.
—No quiero, mamá. Y no me hagas ir a ningún psiquiatra. Yo sé muy bien lo que está pasando acá adentro —se señaló la panza sin atreverse a tocarla—. Mi hijo, tu nieto, ¿entendés? Se está disolviendo pedazo a pedazo.
La mujer dejó la botella y se tapó los oídos. Mónica le agarró las muñecas para obligarla a escuchar.
—El engendro se alimenta de mi pequeño, mamá —Mónica sintió el gusto salado de las lágrimas—. Se hace carne de la carne de mi bebé.
—¡Basta, callate! —sin poder zafar del agarre, la mujer quiso llevarse las manos a la cara y empezó a lloriquear—. Basta, por favor, soltame.
—Pero el sueño no termina ahí —siguió Mónica, apartándose con brusquedad—. Yo desperté a los gritos porque sentí que algo frío se me clavaba en  la garganta.
La mujer vació la botella de una vez. Y fue hacia la alacena.
—Sacacorchos —dijo, buscando en el cajón abierto—. Dónde lo…
—… ya es suficiente, mamá —gritó Mónica cerrando el cajón de la mesada.
—Moni —suplicó la mujer—, dejame. Lo necesito.
—Sí, claro, agarralo —dijo Mónica después de pensarlo mejor—. Agarralo y morite.


Llegó a su casa y  fue directamente al baño.
Se lavó la cara y se miró al espejo.
Estudió sus facciones. Se vio vieja, fea. Más vieja y más fea que esa fea vieja en que se había convertido su madre.
Tal vez todo fuera producto de la culpa, un juego de su imaginación. Aunque conscientemente ella no sentía ninguna culpa. Cualquiera que hubiera estado en su lugar, cuatro años atrás, hubiera hecho lo mismo. No, ella no tenía nada de qué arrepentirse. Hablaría con algún cura, le pediría que la confesara. Cualquiera podía equivocarse. ¿Quién era ella? ¿La Madre Teresa?
Al día siguiente, antes de ir a la casa de su madre, pasó por el Santísimo Sacramento.
Fue un trámite sencillo. Mónica se limitó a declarar su embarazo de seis meses y le dijo que cuatro años atrás…
Y el sacerdote le preguntó si estaba arrepentida.
—Sí —mintió.
—Recuerde, Mónica, que a veces nuestros propios demonios nos juegan una mala pasada.
—Gracias, padre.
Increíblemente, a pesar de no haber rezado desde la niñez, recordó íntegro el pésame.
Esa misma tarde, llamó al ecografista y pidió un turno.
Apuntó la fecha en la agenda. Su próxima ecografía sería en una semana.


Veintiséis semanas

Había dormido toda la noche. Hacía ya unos días que descansaba bien. No había vuelto a soñar.
Con asco, con temor, echó un vistazo a su imagen en el espejo: pero, sorprendida, no descubrió lo que esperaba. La cara relajada, sin derrames en los ojos; volvía a ser la de siempre.
Hay que creer o reventar, se dijo. Debe ser por lo del cura.
Desayunó leyendo el diario. Mientras, Ricki llamaba al banco y sacaba cuentas.
—¿Te llevo a algún lado? —dijo él—. ¿A lo de la chaborra?
—No, idiota.  Voy a hacerme una ecografía. Si podés, dejame de pasada. Y más respeto con mi vieja. Mirate un poco, ¿querés? Vos también tenés tu historia. 
Él le miró la panza y no dijo nada.
Veinte minutos después, Mónica se sentó en un bar a tomar un café: había llegado demasiado temprano.
Vio a una parejita en las mesas del fondo, se reían tan felices… Le recordó sus primeros años con Ricki: todo el mundo los envidiaba, siempre juntos, siempre de la mano.
¿Adónde habrían ido a parar ese Ricki y esa Mónica?
Pagó el café y salió a la calle.
Era un barrio de esos en los que siempre le hubiera gustado vivir: las casas bajas rodeadas de árboles, jazmines perfumados. Daba gusto caminar por ahí. Después de la ecografía, pasearía un rato.
Casi no tuvo que esperar para ser atendida.
Entró en el consultorio. Se desvistió y se acostó en la camilla, ansiosa sin saber por qué.
—¿Cómo va esa panza? —el ecografista la recibió con un beso en la mejilla, como siempre. Era la quinta ecografía.
—Bien va. Gigante.
—Ya veo.
Mónica, ya panza arriba, observó de costado el monitor.
—Vamos a medir… —oyó que decía el médico.
Cerró los ojos, necesitaba relajarse.
—¿Qué? —dijo el tipo, y comenzó a presionarle la panza, cada vez con más fuerza, hasta hacerla gemir—. Pero, ¿qué es eso?
—¿Qué pasa? —Mónica intentó sentarse en la camilla.
—Nada, nada. Déjeme ver —dijo, obligándola a mantenerse acostada. Y repitió la operación una y otra vez, apagando y encendiendo el equipo. —Vuelva la semana próxima, por favor —dijo por fin—. Vamos a repetir la ecografía.
—¿Pero… qué pasa? —Mónica estaba tan aterrada que si lo hubiera pensado ni se hubiese atrevido a preguntar. —Dígame qué está pasando.
—El equipo se descompuso —dijo el médico tartamudeando—, no sé qué…
Mónica lo empujó contra la pared.
—¿Qué mierda pasa?
—Ya le dije —volvió a tartamudear—, el equipo…
—¿Qué vio? ¡Hable! ¿Qué fue lo que vio?
—Nada. No sé. El equipo anda mal. Se veía doble. Lo vamos a repetir, ya le dije. Vuelva en una semana.
Sería mejor pensar que el tipo se había vuelto loco.
No, no. Ella no podía esperar una semana.
Salió corriendo del consultorio, subió a un taxi y fue a su casa. Buscó la cartilla de la cobertura médica y llamó a todos los ecografistas hasta que consiguió un turno para esa misma tarde.

En la sala de espera le faltaba el aire.
La pesadilla, en los últimos días, se había vuelto insoportable hasta hacerla gritar. Y entonces había desaparecido: la voz se silenció de pronto.
Y ella creyó que el cura la había librado. Ingenua. ¡Qué cura ni cura! Algo raro sucedía y no tenía nada que ver con el cura ni con la iglesia ni con ningún santo.
De golpe la panza parece explotar, ya no soñás, el ecografista se vuelve loco.
Mónica se levantó y preguntó si debía esperar mucho.
—No, señora. Usted es la próxima.
Volvió a sentarse.
El corazón le latía tan fuerte que podía oírlo por encima del murmullo de las otras mujeres. ¿Cómo podían hablar tanto? ¿Cómo estaban tan tranquilas? ¿Cuántas de aquellas mujeres habían sido capaces de…
—Señora Mónica, su turno.
Ni siquiera sintió el frío del gel.
El médico le hablaba pero ella no lograba entender lo que le decía.
Como si se le hubiesen destapado los oídos, escuchó una palabra: mellizos.
Y… ¿qué más? ¿Qué le decía el médico?
—No se ven bien, señora. Quiero decir: uno de los fetos está algo borroso.


—Ricki —dijo Mónica—. Necesito que me ayudes, no aguanto más.
—Contame —dijo él, sin quitar la mirada de la tele y picar salame.
—Es el bebé. El… el otro bebé. El del otro embarazo.
—¿De qué mierda estás hablando?
—Digo que primero se me aparecía en sueños. Pero ahora…
—¿Ahora qué? —él no soltaba el control remoto y masticaba haciendo ruido.
—¿Podés dejar de hacer zapping y darme un poco de bola?
—Te estoy escuchando.
—En la ecografía había mellizos, ¿entendés?
—Si entiendo qué —dijo con la boca llena.
—No sé cómo decirlo, seguramente nadie lo creería posible. Pero creo que lo tengo adentro. Creo que nuestro hijo corre serio peligro.
Ricki tragó y apagó la tele.
—Vos —dijo, mirándola con tanta bronca que Mónica  bajó la mirada—, vos a mí me estás hablando en serio.
—¿Y cómo carajo querés que te hable, si se trata de nuestro hijo?
—Dale, hacete la santita ahora —Ricki fue a la heladera y agarró dos latas de cerveza. Abrió una—. Hay que festejar, ¿no? —dijo, sentándose en la mesada, reservando a mano la otra lata—. Si vamos a tener mellizos, hay que festejar.
—Ricki —Mónica ya no podía retener las lágrimas—. ¿No me crees, no?
Él bebió un buen trago.
—Ni una palabra.
—Pero el ecografista dijo…
—Que ibas a tener mellizos. Salud.
—Dijo que uno de los bebés se veía borroso. ¿Qué creés que significa eso?
—Que el aparato andaba para el culo —terminó la lata, la abolló contra la mesada y la embocó en la pileta. Abrió la otra—. Una sola cosa te digo, querida: si insistís con esta mierda, lo que vas a lograr es que me vaya al carajo.
—¿Me vas a dejar sola?
—¡Qué pregunta! Sola, lo que se dice sola, no. Te voy a dejar con tus mellizos, o como quieras llamarlos.


Dos días después, Ricki preparó las valijas y salió sin decirle a dónde iba.
Y ella se quedó sola, definitivamente sola. Sola con eso.
La pesadilla volvió.
Ya ni siquiera dormía diez minutos seguidos. Cada vez que cerraba los ojos, podía ver lo que le sucedía en las entrañas: el engendro de sus pesadillas definitivamente se había instalado en el exacto sitio de la venganza.


Treinta y seis semanas

Mónica no podía dejar de tiritar más y más: aquel blanco lugar que alcanzaba a distinguir a través de sus párpados entrecerrados parecía de hielo. Lo único que quería era poder despertarse. Despertarse de una vez.
—Mónica, Mónica —insistía una voz de mujer (que no era la de su madre, de eso sí estaba segura)—. Atiéndame.
¿Abría alguien más, aparte de esa desconocida? Tal vez Ricki: todos los padres, al menos los padres normales, aparecen en esos momentos.
Pero no. Lo único reconocible era esa apremiante, insoportable voz.
Y Mónica temblaba, temblaba sin parar.
Ricki, pensó. Ricki, abrazame. Por favor.
—Mónica —decía la espectral mujer vestida de blanco, borrosa junto a su cama—. Míreme, présteme atención.
—Por favor, enfermera…
—Yo no soy enfermera, pero puedo ayudarla mejor que...
Y dijo algo más, que Mónica no pudo percibir: era como si las palabras se envolvieran de algodones y volviesen a aparecer.
Los ojos de Mónica se movieron hasta encontrar los de la extraña. Eran acuosos, sin vida. Tuvo la sensación de que ya conocía esa mirada: era como yacer paralizada y desprotegida frente a un serpentario.
—Eso es, Mónica. Le decía que usted acaba de tener un hijo. ¿Lo recuerda?
Mónica se retorció entre las sábanas. No podía moverse: la habían atado de pies y manos.
—Un hijo, Mónica. Un hijo suyo.
Apretó las mandíbulas, abrió los ojos hasta que le dolieron y negó sacudiendo la cabeza.
—Sí, Mónica. Ahora se lo traeremos. Vamos a dejarla ver a su bebé.
—¡No! —gritó en un alarido—. No, no, no —la garganta le ardía. La boca se le llenó de sangre. Escupió y tragó saliva.
Miró hacia la puerta.
Una enfermera entraba con un envoltorio blanco.
—Mónica —dijo la mujer a su lado—. Es su hijo. Por favor, mírelo.
La enfermera se acercaba.
Mónica necesitaba verlo a los ojos. Por la mirada sabría.
Ahora podría comprobarlo.
Era su única oportunidad. ¿Y si eso se había vengado? Ahora había llegado su turno.
Tragó saliva y sangre y habló con la mayor calma posible.
—Las manos —dijo—. Suéltenme las manos.
La enfermera miró a la mujer.
La mujer asintió y agarró al bebé.
La enfermera no podía desatar las correas.
—Voy por una tijera —dijo.
Mónica esperó sin mirar a la mujer ni a la criatura.
La enfermera volvió a entrar y le cortó la correa de la mano derecha.
—Una está bien —dijo la mujer de blanco—. No hace falta desatar las dos. ¿No es verdad, Mónica?
La enfermera fue en busca del bebé.
Mónica se estremeció ante la cara rosada que le acercaban con tanto cuidado. Un gnomo, un anciano centenario.
La criatura abrió la boca, emitió sonidos húmedos.
Y en esos tiernos labios ella pudo leer claramente la palabra oportunidad.
oportunidad
oportunidad
oportunidad
Ahora por fin entendía el significado.
¿Por qué ella se la había dado a este nuevo embarazo? ¿Por qué no a aquel otro, cuatro años atrás?
Desesperada acercó la mano a aquella bestia, la sujetó del brazo. Necesitaba atraerla hacia sí, morderla, arrancar del hueso esa carne impostora. ¡Devorarla! ¡Vengar a su verdadero hijo, ojo por ojo!
La enfermera forcejeó con ella, casi tirando del bebé.
Mónica se dijo que tal vez lograrían descuartizarlo.
La otra mujer corrió hacia el pasillo a los gritos, pidiendo ayuda.
Y Mónica pudo descubrir la tijera sobre la mesa de luz.
Soltó al monstruo y la agarró.
La enfermera salió corriendo con el bebé.
Eso —dijo Mónica con un borboteo de voz, la garganta no paraba de sangrar—. Eso no es mi hijo.
—Tranquilícese, Mónica —la mujer de blanco se había quedado junto a la puerta.
Eso —Mónica volvió a escupir sangre—. Eso no es mi…
—Mónica —oyó—. Suelte la tijera, por favor.
Mónica miró la tijera en su mano: era lo suficientemente grande para haberle arrancado la cabeza de un tijeretazo. Ah, si sólo lo hubiera tenido un segundo más… tal vez hubiera podido…
La mirada perversa del animal, ahí. Se habían llevado su cuerpo, pero no su esencia.
La mano de Mónica seguía aferrada a la tijera. Y eso lo sabía.
De golpe Mónica sintió el dolor, un dolor intolerable, un dolor conocido. El acero en la garganta. Se ahogaba, no podía respirar.
Abrió la mano esperando la caída de la tijera contra el piso. Pero no hubo ruido.
Se ahogaba.
Se agarró la garganta, notó algo frío.
La tijera se había clavado en su cuello.
Tengo que sacarla, pensó.
Pero no podía, el dolor la volvía loca.
Se desvanecía, ya no tenía fuerzas para arrancarse la tijera.
Tengo que despertar, pensó. No es más que otro sueño. Otra pesadilla.


No sentía dolor.
Ya no estaba en una cama, ya no había ataduras en sus manos y sus pies. Respiraba con facilidad.
¿Habría muerto?
Ahora se encontraría con su hijo, con su verdadero hijo.
Lo vio.
Era tal cual lo recordaba de los sueños.
Mónica se acercó.
Necesitaba abrazarlo, pedirle que la quisiera. Decirle que ella no sería una mala madre.
Lo tenía al alcance de la mano. Su hijo descansaba, le había llegado el momento de descansar. Ella velaría su sueño para siempre.
Lo levantó en brazos. Lo acunó con ternura, con desesperación.
Ya nunca más estaría sola.
Se quedó contemplándolo.
Esperó.
En cualquier momento su bebé abriría los ojos.


Publicado en la Revista NM y en Cuentos de La Abadía de Carfax 4.