Astronauta


Bauti recibió de manos de su señorita el diploma de mejor alumno del segundo grado. Le dio un beso a ella y otro al director, y miró hacia el público: el salón de actos, repleto de alumnos y padres y abuelos. Allá estaba su papá, levantando un brazo para saludarlo.
—¿Querés decir algo, Bauti? —le dijo la seño.
Él se acercó al micrófono.
—Cuando sea grande, quiero ser astronautaMi papá dice que los astronautas estudian muchas cuentas, muchas oraciones, mucho de animales, de todo. Por eso yo estudio tanto y soy el mejor del segundo grado.

Bauti y su papá salieron del acto. 
Se había hecho de noche, pero había mucha claridad.
—¿Vamos a saludar a mamá, Bauti
Él no dijo nada: era de esas preguntas que no hacía falta responder.
Caminaron hasta la plaza. Se sentaron en un banco a mirar la luna.
—Mamá está contenta por tu premio de mejor alumno —dijo su papá.
—¿Sí? 
—Mirá cómo brilla la luna, seguro que ella, que te mira desde allá junto con los abuelos, prendió una luz muy fuerte para felicitarte.
Sí, pensó Bauti. Cuando sea grande, voy a ser astronauta.


Mención de honor, concurso Revista Guka, 2016.
Publicado en "Persistencia", Outsider, 2017.


Abrirse paso

—¡Ni vos ni nadie me van a impedir que vaya! —grita Daniela esquivando los sopapos.
—¡Si serás puta! —dice el viejo, retomando el aliento.
—¿Y qué? ¿Ahora querés arreglarme? Para tu información, papito, yo ya no tengo arreglo. Tendrías que haberte acordado antes. Llevás como veinte años de atraso.
—A mí no me vengas con reproches, pendeja de mierda.
—Si justamente eso es lo que te gusta —Daniela se le acerca—, que sea pendeja. Tu pendeja, tu nenita. Ahora voy entendiendo por qué cuando mirás mis películas te calentás así.
—¿Qué? ¡Qué sabés vos!
—Te espié —dice Daniela en tono insinuante—. Sí, la nena de los videos te miraba mientras te metías la mano bien en los pantalones. Ahí no me dijiste “puta”, claro: no querías que me enterara de que mi propio padre ve mis películas.
—Ahora es distinto, Daniela. Estás embarazada.
—Igual tenemos que comer, ¿no? Así que mejor olvidate de que soy tu nenita, y pensá que este tipo paga una bocha por las fotos.


Si quisiera, él podría verificar por enésima vez que ha dejado todo listo: la botella de vidrio, llena y cubierta provisoriamente con un tapón también de vidrio, la máscara, los guantes y las correas. Podría comprobarlo sin necesidad de moverse del sillón hediondo donde piensa dormir esta noche. Pero no mira otra cosa que no sea su propia mano abriéndose y cerrándose en la penumbra.
Hay que entrenarla, piensa.
Le gusta observar cómo su mano, mientras se ejercita, intercepta el haz de luz por el costado del trapo que cubre la ventana. Los vándalos del barrio aún no lograron acertarle a la luz de mercurio que ilumina esta parte del edificio. Por eso la disfruta, juega con ella como si supiera que al día siguiente, al atardecer, ya no estará ahí.
Mañana, piensa. Mañana a esta hora todo habrá terminado. Habré tenido tiempo de darle una lavada al piso y de quemar las sábanas que ahora, limpias, cubren mi cama.
Con sólo repasar el bosquejo de la operación, siente la adrenalina, la erección que crece dentro de sus pantalones. La cosa viene bien barajada.
Y sigue ejercitando su mano. Aunque ahora no la mira. Lo que ve es la cara sonriente de su presa.
—¡Linda foto, guacha! —le dice al portarretratos.
Pero no es lo artístico lo que le parece “lindo”, ni la cara, ni las tetas redondas, perfectas. Es el perfil de la panza de la mujer, por el que ahora desliza la yema del dedo.
Mira el reloj. Las cuatro.
Otra noche sin dormir, la puta madre. Se incorpora en el sillón y mete la mano en el bolsillo del jean. Saca el Trapax y lo acomoda bajo la lengua.
Faltan pocas horas, piensa mientras se va quedando dormido.
La mirada profunda y oscura de la mujer lo contempla con ese amor que le llena el alma. Ella lo sostiene contra sus senos desnudos, de donde bajan blancos hilos de tibieza: su alimento, su alimento esencial. ¡Qué felicidad! ¡Ser pleno y libre y esclavo a un tiempo! Ser un bebé, con edad para apreciarlo. Ser uno con Mamá. Y de repente lo inevitable: sabe que es el final, que la unión se terminará algún día y para siempre. Que ahora mismo se termina. ¡No, no me dejes!, grita. ¡Por favor! Sus manos sonrosadas, tan pequeñas todavía, a tientas, buscan en el aire sin encontrar nada.
Nada.
Y él, tumbado en el sillón, siente el dolor en su propio pezón estrujado.


Daniela cruza por plaza Congreso. Si no estuviera tan pesada, iría a pie hasta San Telmo. Linda noche para caminar, se dice, y recuerda otras noches en que la familia, feliz, paseaba de la mano como si realmente todos se quisieran.
Toma el colectivo 64, que la dejará a dos cuadras de lo del fotógrafo.
Espero que no sea un loco de mierda, piensa, admirándose el busto en el reflejo de la ventanilla. Un trastornado de los que se vuelven putos por las minas con el bombo. Bueno, a lo mejor le gusto. Y no precisamente porque el tipo sea un depravado: la verdad es que estoy bastante bien, y eso que hace varios meses que dejé el gimnasio.
Siente una molestia en la entrepierna, en el borde de la bombacha. Seguro que se cortó: ni pensar en el trabajo que le llevó la depilación, el espejo tendido en el fondo del bidet, su mano abriéndose paso entre los labios, esquivando la panza para que la yilé alcanzara cada recoveco.
Poniéndome seria, no estoy de humor para coger con un desconocido. No esta noche, después del sermón del viejo. Parece mentira cómo me jode que me diga puta.
Y se le cruzan por la cabeza mil imágenes de cuando laburaba en la calle.
No, se dice, no estoy de humor para eso.


Él despierta empapado en sudor. Pero está feliz: después de hoy, aquello desaparecerá de su memoria.
Ya en el baño, abre la ducha. Se queda más de media hora bajo el agua. Se seca sin apuro. El espejo no puede reproducir mi ánimo, piensa mirando su imagen desfigurada por el vapor que no termina de disiparse.
—Y si el espejo no puede reproducir mi ánimo —dice sonriente—, ella tampoco podrá.
Se viste con cuidado. Un fotógrafo serio, de los que pagan mucho, de los que consiguen una pieza en un edificio en ruinas en San Telmo sólo para dar el clima necesario a la producción fotográfica, debe llevar un atuendo limpio y cuidadosamente desprolijo.
Sobre la mesa pone pan, manteca y un cuchillo de untar. Vuelve a la heladera y saca un tetra. Eso es lo que se llama un buen desayuno.
Ya debe estar llegando, piensa. Le pasa la lengua al pan arrastrando la manteca. Nunca lo hizo antes. Hay tantas cosas que hoy hará por primera vez… Se eriza de sólo pensarlo.
Mira la botella. La misma botella que observaba cuando ejercitaba su mano.
“Acordate de que el ácido sulfúrico se come el plástico” —le había dicho el vendedor—. “Así que ponelo en vidrio. Y cuando lo toques usá guantes. Mirá que quema como la puta que lo parió, pibe. Tené cuidado, yo no quiero quilombos”.
—Quema, pibe —dice él, y no puede contener la risa—. Quema como la gran puta.
Y se le cruza que podría beber un trago del contenido.
—Lindo —se dice—. ¡Lindo quedaría!
No tiene intención de tocar la botella hasta que llegue la hora de cambiarle la tapa.
Sin embargo, no descarta la idea de convertir el ácido sulfúrico en bebida: si algo sale mal, si la mina no se deja atar, la obligará a tragar un poco.
Y después beberá él también. Será una buena manera de terminar con todo.


Daniela gira para ver, a sus espaldas, el Cabildo iluminado. ¿Cuántos años hace que su madre la trajo a conocerlo? ¿Cuántos años que no la ve? Quién sabe, con un poco de suerte ya está muerta. Tantas veces intentó suicidarse y no pudo, la pobre.
El chofer del colectivo la espía por el retrovisor.
Tiene una pinta de pajero que no se banca. Este debe ser un consumidor nato de cine condicionado. Seguro que me conoce.
Le devuelve la mirada con una mueca de sonrisa.


Desde hoy se hablará de él. Tal vez lo llamen “El Monstruo de San Telmo” o “La Bestia del Ácido”, acaso memoricen su nombre verdadero; incluso puede imaginar al mismísimo Enrique Sdrech tratando su caso por la tele.
Cubre sus manos, se coloca la máscara, cambia la tapa de la botella por un gatillo pulverizador. Conteniendo el aliento, lleva la botella a la otra habitación, donde harán las fotos.
Vuelve al comedor.


Daniela se baja en Paseo Colón y San Juan. En la vereda pisa algo blando, que le provoca náuseas. Quiere llegar de una buena vez, sacarse las fotos, cazar la guita y mandarse a mudar.
Hay poca gente por la calle, nadie a la vista para consultar la dirección. Saca el mail que le mandó el fotógrafo, y estudia el planito.
Recuerda que Sonia, una amiga suya, también había contactado un fotógrafo en el chat… y resultó que el tipo la esperaba con una banda de degenerados. La pobre estuvo como quince días para reponerse.
Llega al edificio, la chapa es tan vieja que apenas se lee el número. Retrocede unos pasos para mirar el frente: paredes chorreadas que huelen a podrido. Duda un segundo. Siente el movimiento del bebé y se pasa la mano por la panza.
Todavía no puede creerlo: ha llegado al octavo mes. Mira la puerta, que está apenas arrimada, la empuja un poco y abre con un chirrido. Después de todo es una suerte que no haya podido juntar la plata para el aborto. Entra.
Aprieta el botón del ascensor y espera. Trata de descifrar unos grafitis de la pared, garabateados con birome. El ascensor se detiene en planta baja, ella sube. Marca el piso del fotógrafo y se desabrocha el tapado: hoy la panza parece a punto de estallar.


Le da otro trago a la caja y deja el vino sobre la mesa.
Han golpeado a la puerta.
—Ya voy —dice.
La mirilla  no le permite apreciar la silueta de la tipa. Saca la cadena.
—Buenos días —a ella se le nota la tensión de la voz.
—Pasá —dice él, seco.
Es increíble, piensa: cuando están a punto de parir, se vuelven chanchos para carnear. Casi no parece la misma de la foto.
—Me retrasé un poco. Salí de casa temprano, pero…
—No pasa nada, piba —él cierra la puerta con llave y cadena.
—Daniela.
—Sí, Daniela.
—¿Tu nombre era…?
—Pongamos que me llamo como te guste. Que sé yo, Teo.
—¿Cómo Teófilo?
El tipo no contesta.
La conduce a la otra habitación.
Le muestra el escenario.


Daniela mira alrededor: las paredes descascaradas, el espejo borroso, la cama de bronce opaco, y el piso en el que se advierte el recorrido de la escoba. Todo contrasta con la pulcritud de las sábanas blancas, como almidonadas.
—Bueno —le dice Teo, y ella huele el tinto que despide hasta por la piel—. Sacate la ropa y ponete eso —le señala una bata sobre la cama—. Cuando estés lista me llamás.
Y la deja sola en el cuarto.
Hay un olor extraño.
—No te demores —se oye desde la otra habitación, tal vez el laboratorio.
Bicho raro, se dice Daniela.
Y descubre la botella de vidrio con el gatillo pulverizador sobre la mesa de luz, a un lado de la cámara fotográfica.
Acerca la nariz. Huele.
Picante.
Algún producto de los que se usan para el revelado, a lo mejor.
Y la voz de Teo:
—¿Se puede?
Daniela se apresura a quitarse la ropa.
La bata. La bata es una prenda masculina, bastante usada pero limpia.  El aroma a laverrap le da un instantáneo dolor de cabeza: una vez leyó en la pelu que a muchas embarazadas les pasa.
—Ya está —contesta ajustándose el cinturón por encima de la barriga.
Teo entra, la mirada fuerte. Daniela siente un sudor frío por su espalda y se abraza la panza.
—Acostate.
Ella se sienta en el borde de la cama, acomoda su peso en el centro. Apoyada sobre el codo, sube las piernas.
Él saca de un cajón varios cintos como los de las poleas del gimnasio.
Le acomoda una muñeca dentro de la correa. Le lleva mucho tiempo pasarle la presilla hasta que queda ajustada; parece nervioso, excitado. La sujeta a la cabecera de la cama. Repite la operación con la otra muñeca y con cada tobillo.
Daniela siente que está muy tirante pero no se queja. La regla número uno es: “Si querés trabajar en lo nuestro, nunca digas que esto o aquello te molesta”.
Lo mira. Lo estudia, mejor dicho: el tipo hierve de angustia. ¿De locura, acaso?
Ahora me saca las fotos, piensa. Ahora me saca las fotos, me visto y me paga. Y después la calle. Es sólo un ratito, es hoy… Es la primera vez que un fotógrafo me da asco, debe ser por el embarazo.
Se concentra en la respiración. Como en el curso preparto.
—¡Carajo! —dice Teo cuando termina de desabrocharle la bata y ella queda desnuda con la panza hacia el techo.
Agarra la cámara, se aleja un poco y la observa.
—Perfecto —dice.
Pasan los segundos. A Daniela le parece que hace una eternidad que la mira por el lente y aún no gatilló una sola foto.
—¡Lo sabía! —lo escucha decir—. ¡Ya lo sabía!
La cámara se estrella contra el piso, es el disparador para que él se le abalance y apriete el pezón y el líquido amarillento brote.
—¡Qué hacés, la puta madre! ¡Dejame! ¡Estás loco!
Teo la suelta.
Daniela vuelve la cabeza. Lo ve agarrar la botella de encima de la mesa de luz, lo ve empuñar el gatillo pulverizador, apuntarle a la cara. Hirvientes hilos de aquel líquido chorrean por las paredes de vidrio, y una humareda nauseosa vuela por el aire, como en cámara lenta se cierne sobre su panza. Y siente un ardor insoportable en el abdomen, un ardor que parece penetrarle hasta las entrañas. Ahoga un grito, la cara empapada de lágrimas. No puede dejar de mirar al tipo.
—¡Ahhh! —como gusanos vivos, los chorros humeantes lamen los nudillos del fotógrafo. Un hedor a quemado se desprende de la piel descarnada, roja. La botella se le resbala de la mano y rueda bajo la cama—. ¡La puta que lo remilparió! —grita él agachándose detrás, seguramente palpando bajo el colchón con la mano sana.
Daniela siente una puntada en los ovarios, la panza se tensa como un odre y le duele con un dolor distinto: contracciones. El ardor de esa nube maldita parece más fuerte a cada segundo.
Se estira todo lo que le permiten las ataduras, quiere mirar. Tiene los ojos resecos, de tan abiertos; se da cuenta de que ni siquiera ha parpadeado. Y ve cómo el hombre se reincorpora a un costado de la cama.
—¡Hija de puta! —grita él—. ¡Todas las madres son unas hijas de remilputa!
Daniela se retuerce en la cama, luchando con las correas que le desgarran la piel. Y el esfuerzo hace que la panza esté cada vez más endurecida. Se oye a sí misma gemir, no puede contenerse.
Respiro, respiro, respiro. Y ve que Teo se le acerca con la mano hirviéndole en una espuma roja que le deja ver el blanco, los huesos de los dedos. No se atreve a mirar el estado de su panza: ¿habrá llegado al bebé aquel ácido, habrá penetrado tanto? Le duele más aún, siente una gran necesidad de abrir las piernas. Pero las ataduras no se lo permiten.
El tipo se inclina por encima de su barriga y dice algo que ella no alcanza a escuchar. Y repite lo mismo, cada vez más fuerte hasta que Daniela entiende:
—Perdón, mamá, lo siento —y retrocede hacia un rincón donde se queda observándola—. Perdón, mamá. Perdón.
Entonces Daniela cierra los ojos y grita, se olvida de dónde está. Lo único que quiere es parir.
Sólo escucha sus propios gritos de dolor que parecen traerle más dolor.
Y siente que le llegó la hora: traer al mundo a otro ser, algo, alguien rosadito, tierno. Hace una fuerza brutal para expulsar. No sale nada, o cree que no ha salido nada: las ganas —ganas como de descargar el vientre— vuelven, y ahora con mayor intensidad.
Sabe que es el momento, que debe respirar. Jadear, mejor dicho.
Y no puede. Necesita que le suelten las manos, necesita metérselas y sacar al chico que la está volviendo loca de dolor. Oye un alarido, un alarido de su propia garganta. Algo le dice que no debe gritar, que debe guardar silencio. Pero no puede. Ni siquiera se atreve a abrir los ojos. Y otra vez a hacer fuerza.
Está agotada, pero las ganas son más y más intolerables. Vuelve a pujar, a empujar desde el fondo de su cuerpo que la obliga a convertirse en lo que nunca quiso y que ahora anhela con todo su ser.
Otro alarido. Se le desgarran las cuerdas vocales, al mismo tiempo que el útero y la vagina.
Y ahora el gran placer de sentir que el dolor —al menos, lo peor del dolor— ya pasó. ¿Y el primer grito de su bebé? ¿Habrá nacido muerto?
Imposible saberlo. Lo único que sabe Daniela es que falta expulsar la placenta. Aunque no da más, y quiere dormir. Está tan debilitada que ni siquiera entiende qué son esos ruidos que la rodean: acaso el llanto de un bebé, acaso el lloriqueo de un hombre.
Lentamente abre los ojos.
Ve al fotógrafo en el rincón.
—Ayudame —logra hacerse entender—. Con la placenta, por favor. Sacala.
Lo ve aproximarse cauteloso.
—Agarrá la placenta y tirá.
El tipo sujeta la placenta y la atrae suavemente como si no se atreviese a hacerle daño.
Ella siente que se desmaya. Si no fuera imperioso mantenerse despierta… Si ese individuo fuera normal, incapaz de irse y dejarla sola, amarrada a la cama con su hijo unido a la placenta, dormiría una semana entera.
—Después —balbucea Daniela, tratando de que la voz le salga lo más dulce posible—. Por favor, después llamá a un médico.
Teo sigue con su meticulosa tarea de extraer la totalidad de la placenta, parece poseído. Lo ve acariciarle el sexo ensangrentado. Su mano parece quemada o algo así. Lo ve acercar la boca a su vagina.
Quiere cogerme en semejante estado, piensa. Dios mío, se ha vuelto loco.
—Está tan dilatada… —lo escucha decir.
Como a través de un sueño de niebla espesa, todavía alcanza a verlo: arranca las correas de las piernas doloridas, se las abre con violencia arrastrando al bultito rosado, aún unido a la placenta. Lo alza en el aire, por encima de su cabeza. Y lo arroja contra el piso.
Él se reclina sobre su vientre quemado por el ácido, hinchado aún; se arrastra hacia abajo mientras sus manos le recorren la entrepierna y se apoderan de su vagina, manteniéndola abierta en la totalidad de su dilatación. Entonces, Daniela vuelve a cerrar los ojos, se entrega a ese letargo postergado.
Y sueña.
No está en esa habitación.
Su hijo no ha nacido todavía.
La cabeza de ese hombre no es lo que puja por abrirse paso en la abertura de su cuerpo.


Sortijas de calesita



Saqué un padre viejo y una madre cariñosa.
Dejé pasar los hermanos.
Se me escaparon los momentos tiernos de la infancia.
Capturé una buena escolaridad.
Agarré al vuelo un accidente que me dejó huérfano.
Conseguí ser criado por una abuela autoritaria.
Me gané una vuelta gratis para la adolescencia.
Rechacé esposa e hijos.
Pesqué en el aire una enfermedad terminal.
    Se me escurrió de las manos una muerte digna.

Ustedes Dos


Pasado el festejo colectivo de Navidad en la plaza San Martín, pasada la pesadísima confesión de su amor ante familiares, amigos, compañeros de trabajo, vecinos y otros conocidos y menos conocidos, ellos ya no fueron Zultano y Perengano, sino Ustedes Dos. Y acaso ese cambio, esa unificación que les confirió el entorno —o la inmensa felicidad que les desearon—, hizo que llegado el momento Ustedes Dos no quisieran desilusionar a nadie. Y poco después dejaron de ser ellos mismos.


Claudia Cortalezzi
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La respuesta (versión historieta)

Adaptación de Laura Ponce.

Cuento publicado en Revista Próxima.

Leer el cuento online en Axxón.


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Inseparables


Nosotras hacemos todo juntas: nos sentamos en el mismo banco en la escuela, nos acompañamos al baño y dormimos en la misma cama. Ella ocupa la parte izquierda, y es tan prolija que jamás arruga la sábana. También tomamos la chocolatada de la misma taza y comemos de un solo plato.
Ella no habla mucho, y menos cuando están mamá y papá. Mamá y papá tampoco se dirigen a ella, siempre me hablan a mí.
Hacemos todo juntas, menos una cosa. Cuando vamos con mamá y papá al cementerio, ella se queda en casa. Dice que le da impresión ver una tumba con su nombre.

Claudia Cortalezzi
#claudiacortalezzi

Brillo propio


—¡Felicidades, hermanita! —dijo Víctor entrando en el cuarto del sanatorio—. Ya sos mamá, ¿quién lo hubiera dicho? —Le dio un beso en la frente.
—¿Estás solo? —dijo ella.
—Ahora viene Vale, se demoró comprando algo en el kiosco.
Ella le sonrió, y le hizo un gesto hacia la cunita.
—¿Duerme? —dijo él.
—Creo que está despierta.
Víctor se agachó junto a la cuna y miró a la beba a través del acrílico transparente.
—Es hermosa —dijo. Y de golpe se separó de la cuna.
—Eh —dijo la madre—. ¿Qué te pasa?
—Esta nena —dijo él, desde un rincón del cuarto— tiene algo… especial.
—Sí —sonrió la madre—, es especial: acaba de convertirte en tío.
Cuando llegó Valeria, Víctor había vuelto junto a la cuna. Le había agarrado la mano a la beba, y no quería soltarla.
Valeria le dijo que podía estar más baboso con su sobrina.
—Mirá, Vale —dijo él—. ¿No es…? ¿No es perfecta?
Y Valeria se asomó a la cuna:
—Tenés razón, Víctor. Esta beba tiene brillo propio.
Todos los que visitaron a la beba se sorprendieron por el brillo, aunque no lo llamaban brillo. Inventaban mil palabras para definirlo.
Pasaron los días y, cuando la madre la sacaba a pasear en el cochecito, la gente se daba vuelta a mirarla. Muchos preguntaban si podían acariciarle las mejillas.
La madre estaba tan orgullosa, que decidió aumentar ese brillo: la untó con cremas, cepilló la pelusa que tenía por pelo, hasta llegó a ponerle un toquecito —que no se notara demasiado— de purpurina.
Así, durante el primer año, el segundo, el tercero.
Un día, la madre notó que nadie hablaba del brillo de su hija.
Jamás imaginó que el brillo externo le había ido opacando el brillo propio.


Claudia Cortalezzi
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Entrega




Aquella mañana, después de la primera noche de amor con Rogelio, mientras preparaba el desayuno, noté que me había desaparecido el anular de la mano izquierda.

No había sangre ni cicatriz ni nada, sólo la falta de las tres falanges. Se me ocurrió que si hubiese tenido anillo de casada, lo habría perdido junto con el dedo.

Dos mañanas después, frente al espejo, descubrí que tenía un solo ojo.

A la semana necesité un perro lazarillo, y pronto de una silla de ruedas. Y Rogelio parecía no notar las ausencias en mi cuerpo. Por el contrario: cada día lo sentía más enamorado de mí. Con pequeños gestos, me hacía sentir única.

Y así continuó la secuencia: yo ya no comía, porque había perdido el estómago. A eso le siguieron los riñones, los intestinos. Hasta que sólo me quedó el corazón.

Fue entonces cuando Rogelio me lo dijo. Que no me quería más, me dijo.
Publicado en In excelsis, Macedonia Ediciones, 2015.
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Poderoso


 
—Puaj, ¡qué olor a nafta el auto rojo! —dijo Paolo, tapándose la nariz.
—¡Callate, nene! —chilló Abril, y se estiró hacia el asiento de adelante—. ¡Otra vez Paolo dice mentiras, mamá!
La madre sacó la vista de la ruta.
—¡Basta, Paolo! —dijo dándose vuelta—. No asustes a tu hermana. Y pensá en algo lindo.
Al rato, pasando una estación de ypf, vieron que un camión estaba descargando combustible. Y un Clío rojo esperaba atrás.
—Lo sabía —dijo Paolo dando una palmada—. Ustedes nunca me creen.
Soy poderoso, pensó. Y en pocos días.
Y era cierto: en la última semana había adivinado el incendio de la fábrica de galletitas, la inundación de La Plata… y ahora lo de la estación de servicio.
Enseguida, otro olor. Paolo volvió a presionarse la nariz. Un olor dulce. Lo conocía, pero no lograba identificarlo. ¿Cuándo lo había sentido antes? ¿Dónde?
Cerró los ojos y vio: Abril tirada en la banquina, con el pelo enmarañado. Y mamá tampoco se movía. Él quería ayudarlas, pero no conseguía levantarse. En lugar de eso, se dormía. Un sueño muy largo.
Ahí se dio cuenta: olía sangre. Su propia sangre.
Debo pensar en algo lindo, se dijo. ¡En olor a chocolate, por ejemplo!
Pero el olor a sangre se le hacía más intenso.
—¡Paolo! —Abril le lanzó un manotazo—. ¿Qué hacés? ¡Mamá, Paolo se va a morir asfixiado!
Mamá se dio vuelta para retarlos de nuevo y… el choque, el vuelco.


Claudia Cortalezzi
#cuentosclaudiacortalezzi

Publicado en El Eclipse de Gyllene Draken.

Aquellos ojos


Segunda semana

Dejó la cartera y el saquito sobre el sillón y corrió a la cocina.
Ricki había retirado una silla del comedor diario y tenía los pies descalzos encima de la mesada. Miraba la tele con una botella de cerveza en la mano. Si se había dado cuenta de su presencia, no dio señales. En la pantalla se sucedían imágenes del Golfo de Bengala bajo el tsunami.
—Ricki… —dijo ella, y lo abrazó tan fuerte que casi lo tiró de la silla.
—¡Pará, Mónica! ¿Qué bicho te picó? ¿No ves que estoy viendo el noticiero?
Mónica, con un gesto alegre, agarró el control remoto y apagó el televisor.
—¡Qué hacés, loca!
—Nada —dijo—, solamente te abrazo. Y cuando te abrazo y tengo algo que contarte, no me gustan los ruidos de fondo —y esperó la reacción de Ricki—. Además no precisás la tele, tonto: yo tengo la mejor noticia, ¿sabés?
Él se llevó la botella a la boca y no la soltó hasta que estuvo bien vacía. La dejó en la mesada con tanta bronca, que Mónica creyó oír el astillarse del vidrio.
—A ver —dijo Ricki—, más vale que valga la pena. No me vengas con que tu vieja…
—… no —interrumpió Mónica, tan feliz que no podía mantener la incógnita—. No tiene nada que ver con mamá. Y estoy tan contenta, que ni me importa. La noticia está relacionada con una madre, sí, pero no con ella. Además, para que lo sepas, todavía no le dije nada.
—¡Increíble!
—¡Ricki, estoy embarazada! 
Él la miró unos segundos. Se levantó de la silla. Buscó otra cerveza en la heladera. La destapó y se apoyó en la mesada, con la botella en la mano.
—Vos estás embarazada —dijo, neutro—. ¿Y tan contenta por eso?
Mónica no podía ponerse seria. Ricki, su Ricki, correría a abrazarla en cualquier momento y entonces festejarían.
—Claro, ¡cómo no voy a estar contenta, pavo! ¡Vamos a tener un hijo! Ricki, voy a tener un hijo tuyo, ¿entendés? Voy a ser madre, estúpido. Vení, enterate y dame un beso.
—¿Estúpido, dijiste? —él la miraba como si no pudiese creer lo que había oído—. ¿Pavo, dijiste?
—Fue un chiste nomás. ¡No ves, no se te puede decir nada! Dale, pará de hacerte el tonto y dame un beso.
—¿Tonto?
—Ricki, basta. No juegues al malo, que me lo voy a creer. Voy-a-ser-madre. ¿Entendiste?
—¿Madre? ¿Madre? —violeta de la bronca, se asomó a la ventana—. Me pareció escuchar que la señora va a ser madre —dijo, como si estuviese hablando con los de enfrente: era notorio que la cerveza esta vez le había pegado duro—.  ¿Madre? —repitió, volviéndose—. Perdón por la corrección —se le patinaban las palabras—: yo diría asesina. A-SE-SI-NA, no madre. Eso es lo que sos: una asesina. Y si no te lo dije antes fue porque…
—¿Porque qué? —Mónica se puso en guardia, jamás hubiera pensado que Ricki reaccionaría de esa manera. Aparte, no había tomado más que de costumbre.
—Porque ahora es el momento, querida —él le sonreía burlón, apuntándola con la botella—. Ahora que te vas a convertir en mamita. Lo que digo es que una asesina de tu calibre no puede jactarse de estar embarazada.
—¡Qué carajo venís ahora a reprocharme algo que pasó hace cuatro años! —Mónica se desplomó en una silla, y de golpe se irguió amenazante—. Voy a decirte algo sobre el asesinato —chilló a modo de defensa—. Para tu información, yo no lo hice sola.
—¿Ah, no? —Ricki tomó otro buen trago de cerveza.
—¡No, señor!
—Sí que lo hiciste, te cortaste sola. Llamaste al medicucho ese, y yo me enteré cuando el pollo ya estaba cocinado —volvió a empinarse la botella: la cerveza se le escurrió por la barba y le mojó la camisa desabrochada—. ¡Ah! Perdón, perdón, señora, usted tiene razón —gesticulaba a lo grande—. Usted no lo hizo sola, sino ayudada por la bruja que dice ser su madre, que seguro ya se había mandado un litro de blanco. ¡Qué digo un  litro! En semejante situación, la vieja se habría bajado por lo menos dos. Así que no me involucrés, ¿escuchaste? —soltó la botella, que se estrelló contra el piso, agarró a Mónica de un brazo y la obligó a mirarlo a los ojos—. ¡No me involucrés! ¡No me involucrés!
Ella logró soltarse. Se puso la hebilla en la boca, y con las manos en la cabeza se recogió el pelo y ajustó la hebilla formando una cola de caballo.
—No tenés huevos para reconocerlo, ¿no? —dijo, y Ricki le dio vuelta la cara de un sopapo.
Mónica cayó entre los vidrios y la cerveza derramada. Apenas se cortó un poco el brazo.

Doce semanas 

Sintió el gel frío pegoteándole el vientre. El médico ecografista le apoyó el transductor y lo deslizó. Los dos litros de agua que había ingerido una hora atrás hacían estragos en su vejiga.
—¿Me dijo que estaba de…
—Doce semanas —dijo ella, deseando que la dejaran en paz de una buena vez. No quería ver el monitor. Ni siquiera asomarse. Hacía varios días se le había ocurrido que estaba embarazada de mellizos, aunque era totalmente improbable: ni ella ni Ricki tenían antecedentes. Pero la idea venía afianzándose en su cabeza.
—Bien —el ecografista señaló el monitor, y Mónica sintió el dolor de la vejiga explotándole—. Este es el corazoncito. Vea, vea. ¿Puede ver los latidos?
—Apenas.
—De doce semanas —repitió el médico, como para sí. Y volvió a deslizarle el ecógrafo.
—¿Pasa algo raro?
—No —el médico le sonrió mientras la limpiaba con una toalla de papel—. Su bebé está perfectamente.
—Perfectamente qué.
—Perfectamente bien.
Mónica salió del consultorio y tomó un taxi.
En una vidriera de accesorios y ropa infantil, advirtió un carrito de paseo para mellizos. Ahora le causaba gracia. ¿De dónde habría sacado semejante ocurrencia?
Entró en su casa y fue directamente a la cocina.
Sobre la mesa había una nota de Ricki.
Lo habían invitado a jugar al fútbol y después se iría a comer con la barra.
Mónica pensó que debería llamar a su madre y contarle lo de la ecografía. Miró la hora: las nueve menos cuarto de la noche. Lo dejaría para el día siguiente, quién sabe si ya su madre no estaría durmiendo la mona.
Abrió la heladera y se preparó un sándwich con todo lo que encontró. Lo fue engullendo de pie junto a la mesada. Empinó la botella de yogur hasta vaciarla y, antes de salir de la cocina, peló un par de bananas para comérselas viendo la tele.
Acomodó las almohadas en el centro de la cama matrimonial y devoró una banana, luego la otra. Puro potasio, se dijo. Ideal para los chicos.
¿Los chicos? Qué estúpida, era una forma de decir.
Se acarició la panza. Un escalofrío, como una descarga eléctrica, la obligó a retirar la mano. Debe ser estática, pensó y soltó el control de la tele.
La tele. Una película vieja, en blanco y negro: el tipo grita y se va pegando un portazo. La mina le sacude con los platos a la puerta cerrada.
Ella lo mismo, aunque sin platos. Por ahora. Desde que quedó embarazada no hacía otra cosa que discutir con Ricki. Ya no importaba el motivo, pero siempre terminaban en lo mismo: él le decía, una y otra vez, que ella no serviría como madre.
Ahora Mónica estaba sola en la habitación, sola con su hijo. Le resultaba extraño: sentía que ella y su bebé invadían un espacio que le pertenecía a Ricki: a fin de cuentas, en ese momento ella estaba metida en la cama con un hombre. Si es que llega a ser varón, pensó. Intentó acariciarlo nuevamente.
Y otra vez el escalofrío.
Su madre diría que era por las bananas. Cuántas veces la había prevenido: “Moni, no comas bananas a la noche, que caen pesadas. Y menos con un bebé encima”.
Miró el lado de la cama donde normalmente dormía Ricki, y sonrió con una amarga sonrisa: seguro que ni sabía de cuántas semanas estaba.
Recostándose, apagó la tele y el velador. Acomodó la almohada bajo la nuca y no tardó en dormirse.
El bebé descansaba boca arriba en la cunita de la maternidad.
La cabeza de Ricki, con barba y todo. Evidentemente era su hijo.
Mónica lo observó con ternura, sentada en el borde de la cama. En cualquier momento se despertaría, y ella podría tenerlo en brazos, amamantarlo. Le dolieron los pechos; se tocó: tenía el camisón mojado de leche.
El bebé abrió los ojitos. Pero no la miró. Veía hacia otro lado, hacia el vacío. Esas semillas de color turquesa, cada vez más abiertas… ¿Qué estaba mirando?
Mónica se levantó, apoyándose de costado para que no le dolieran los puntos de sutura.
Fue rodeando la cuna —sintió el borde de mimbre en la yema de los dedos— hasta que pudo verlo de frente.
Había terror en los ojos del bebé.
Mónica no podía con eso, apartó la vista. Pero no aguantó.
Otra vez al borde de la cama. Otra vez el camisón mojado y ese dolor de madre en los pechos rebosantes. Y, cubriéndose la cara, espiando por entre los dedos, volvió a mirar hacia la cunita de su hijo.
Ahora no había un bebé.
Había dos, idénticos.
Y uno, el que lloraba mudo frente a Mónica —una silenciosa mueca de angustia—, miraba al otro con espanto.
Mónica tragó saliva y bajó de la cama. Esta vez ni siquiera se atrevió a rozar el borde de mimbre.
 Caminó con lentitud exagerada. Los pies pegoteados al piso, debía esforzarse. Debía esforzarse —una parte de ella no quería ver—, combatiendo consigo misma por llegar al otro lado.
Había algo allí, estaba segura.
Algo que quizá no aguantaría.
Y llegó. Llegó más rápido de lo que hubiese deseado.
Y descubrió que el otro bebé —semioculto entre las sábanas— emitía sonidos húmedos, apenas audibles.
En su mirada sólo había muerte.
Aterrada, la madre no podía dejar de observar: era el duplicado perfecto de su bebito.
¿Qué decían aquellos sonidos húmedos? ¿Le hablaba a ella?
Sí, le hablaba a ella.
Le decía a ella una sola palabra. Una palabra indescifrable.
Pero al instante de reconocer su sentido, Mónica se despertó.
Y le era imposible recordarla siquiera.


Dieciocho semanas

La pesadilla volvió cada noche. Pero Mónica no se atrevió a mencionarla, ni siquiera a su madre.
La oscuridad de su cuarto se convirtió en su peor enemigo.
¿Cuándo había sido la última vez que descansó dos horas seguidas?
Ya no la sorprendía lo que la esperaba al cerrar los ojos: sabía cuál sería el sueño, sabía que despertaría empapada.
Tal vez lograría dormir un rato. Y sin soñar.
Era su único consuelo, dormir apenas. En ese apenas se refugiaba para no pensar, para no admitir la verdad: la pesadilla se iba modificando noche a noche; en los últimos meses, a medida que su vientre se había ido abultando, el movimiento de los labios del engendro se había hecho más reconocible.
Hasta que una noche le lanzó abiertamente la palabra.
Oportunidad.
¿Oportunidad? ¿Oportunidad para qué?
Se sentó de golpe en la cama.
Ricki, a su lado, roncaba como un hipopótamo, desmayado de tanta cerveza.
Mónica se levantó y fue a la cocina sin encender la luz.
Llamaría a su madre, con un poco de suerte no estaría tan borracha y escucharía el teléfono.
Marcó y esperó.
Nada, no hubo respuesta.
¿Qué iba a hacer? ¿Volver a la cama con el estúpido de Ricki?
No, ya no lo aguantaba.
Se puso el saco que había dejado sobre el sillón, agarró la cartera.
Y deambuló sin rumbo hasta el amanecer.


Veinticinco semanas

Mónica se despertó por sus propios gritos.
Abrió los ojos tratando de ver en la oscuridad, ver y comprobar que realmente acababa de despertar de otra pesadilla.
—¿Qué mierda te pasa? —escuchó, al mismo tiempo que sintió una sacudida en el hombro—. ¿Te volviste loca? Ya ni dormir se puede en esta puta casa.
Sí, efectivamente la sacudían para que despertase, estaba huyendo de la peor pesadilla de su vida.
—Me tenés podrido —era la misma voz.
Y se encendió la luz.
Ricki, su marido. El padre de la criatura. El padre de eso.
Lo miró un segundo y pensó que él jamás aparecía en sus sueños. Por algo sería.
Pero esta pesadilla había sido distinta, ojalá pudiera catalogarse como un simple sueño. Ya no era aquel horror al que se había habituado, no: se trataba de un dolor físico insoportable. El grito que había espantado a Ricki se debía a ese dolor. ¡Se despertó tan angustiada! El desgarro de la carne, que la martirizó hasta desvelarla, había sido tan real… Ni siquiera aquel lejano día, cuando había llevado a cabo la intervención —el asesinato, como lo llamaba Ricki—, había sufrido semejantes dolores.
Sentándose en la cama, Mónica se secó la cara con la sábana y le hizo un gesto de disculpa.
Él ni la miró. Agarró la almohada y se fue al living.
—Necesito descansar, zángana. Mañana tengo un día terrible.
Mónica se levantó al baño. No era la primera vez, ni sería la última, que Ricki dormiría en el sillón.
Antes de volver al cuarto se miró en el espejo: con esa remera de dormir, la panza se veía más grande. Hasta le pareció el doble de crecida que el día anterior.
Llevaba un embarazo de seis meses, ¿qué esperaba? Era hora de que la panza se hiciera notar.
Se metió en la cama y dejó la luz del velador.
Repasó la pesadilla. Aunque no quisiera, debía recordarla. No podía darse el lujo de perder detalles. Tal vez se lo reprocharía más adelante.
Todos los elementos que antes habían aparecido como entre gasas raídas, como fragmentos —esos ojos que tanto la atemorizaron al principio; esa boca… esa boca que la había enloquecido tratando de entender la maldita palabra que articulaban los labios; esa cara, ese cuerpo, duplicado del otro—, ya no eran una alucinación ni parte de un sueño: esta vez se le habían metido adentro. En su propio vientre.
Y ahora Mónica era mirada por eso que, sin dejar de vigilarla, abría la boca. Pero esta vez no hablaba, no emitía ningún sonido húmedo. Más bien se acercaba a su molde, a su prototipo, al verdadero hijo de Mónica y Ricki.
Y lo había mordido.
Y Mónica había visto en la boca del engendro un colgajo de carne fresca, sangrante. Y ella había descubierto que esa carne era la mejilla de su inocente hijito, el verdadero.
Decidió hablar con su madre. Su madre. Su madre y la puta que la parió. Si la encontraba borracha de nuevo la despertaría aunque tuviera que echarle un balde de agua en la cabeza.

—Moni —le dijo la mujer dos horas más tarde—, vos tendrías que ver a un psiquiatra —abrió la heladera y se puso a toquetear. Sacó su desayuno: una botella de “New Age”, seguramente recién abierta, y se sirvió del pico—. ¿Querés? —preguntó secándose la boca con el dorso de la mano que sostenía la botella de vino.
—No quiero, mamá. Y no me hagas ir a ningún psiquiatra. Yo sé muy bien lo que está pasando acá adentro —se señaló la panza sin atreverse a tocarla—. Mi hijo, tu nieto, ¿entendés? Se está disolviendo pedazo a pedazo.
La mujer dejó la botella y se tapó los oídos. Mónica le agarró las muñecas para obligarla a escuchar.
—El engendro se alimenta de mi pequeño, mamá —Mónica sintió el gusto salado de las lágrimas—. Se hace carne de la carne de mi bebé.
—¡Basta, callate! —sin poder zafar del agarre, la mujer quiso llevarse las manos a la cara y empezó a lloriquear—. Basta, por favor, soltame.
—Pero el sueño no termina ahí —siguió Mónica, apartándose con brusquedad—. Yo desperté a los gritos porque sentí que algo frío se me clavaba en  la garganta.
La mujer vació la botella de una vez. Y fue hacia la alacena.
—Sacacorchos —dijo, buscando en el cajón abierto—. Dónde lo…
—… ya es suficiente, mamá —gritó Mónica cerrando el cajón de la mesada.
—Moni —suplicó la mujer—, dejame. Lo necesito.
—Sí, claro, agarralo —dijo Mónica después de pensarlo mejor—. Agarralo y morite.


Llegó a su casa y  fue directamente al baño.
Se lavó la cara y se miró al espejo.
Estudió sus facciones. Se vio vieja, fea. Más vieja y más fea que esa fea vieja en que se había convertido su madre.
Tal vez todo fuera producto de la culpa, un juego de su imaginación. Aunque conscientemente ella no sentía ninguna culpa. Cualquiera que hubiera estado en su lugar, cuatro años atrás, hubiera hecho lo mismo. No, ella no tenía nada de qué arrepentirse. Hablaría con algún cura, le pediría que la confesara. Cualquiera podía equivocarse. ¿Quién era ella? ¿La Madre Teresa?
Al día siguiente, antes de ir a la casa de su madre, pasó por el Santísimo Sacramento.
Fue un trámite sencillo. Mónica se limitó a declarar su embarazo de seis meses y le dijo que cuatro años atrás…
Y el sacerdote le preguntó si estaba arrepentida.
—Sí —mintió.
—Recuerde, Mónica, que a veces nuestros propios demonios nos juegan una mala pasada.
—Gracias, padre.
Increíblemente, a pesar de no haber rezado desde la niñez, recordó íntegro el pésame.
Esa misma tarde, llamó al ecografista y pidió un turno.
Apuntó la fecha en la agenda. Su próxima ecografía sería en una semana.


Veintiséis semanas

Había dormido toda la noche. Hacía ya unos días que descansaba bien. No había vuelto a soñar.
Con asco, con temor, echó un vistazo a su imagen en el espejo: pero, sorprendida, no descubrió lo que esperaba. La cara relajada, sin derrames en los ojos; volvía a ser la de siempre.
Hay que creer o reventar, se dijo. Debe ser por lo del cura.
Desayunó leyendo el diario. Mientras, Ricki llamaba al banco y sacaba cuentas.
—¿Te llevo a algún lado? —dijo él—. ¿A lo de la chaborra?
—No, idiota.  Voy a hacerme una ecografía. Si podés, dejame de pasada. Y más respeto con mi vieja. Mirate un poco, ¿querés? Vos también tenés tu historia. 
Él le miró la panza y no dijo nada.
Veinte minutos después, Mónica se sentó en un bar a tomar un café: había llegado demasiado temprano.
Vio a una parejita en las mesas del fondo, se reían tan felices… Le recordó sus primeros años con Ricki: todo el mundo los envidiaba, siempre juntos, siempre de la mano.
¿Adónde habrían ido a parar ese Ricki y esa Mónica?
Pagó el café y salió a la calle.
Era un barrio de esos en los que siempre le hubiera gustado vivir: las casas bajas rodeadas de árboles, jazmines perfumados. Daba gusto caminar por ahí. Después de la ecografía, pasearía un rato.
Casi no tuvo que esperar para ser atendida.
Entró en el consultorio. Se desvistió y se acostó en la camilla, ansiosa sin saber por qué.
—¿Cómo va esa panza? —el ecografista la recibió con un beso en la mejilla, como siempre. Era la quinta ecografía.
—Bien va. Gigante.
—Ya veo.
Mónica, ya panza arriba, observó de costado el monitor.
—Vamos a medir… —oyó que decía el médico.
Cerró los ojos, necesitaba relajarse.
—¿Qué? —dijo el tipo, y comenzó a presionarle la panza, cada vez con más fuerza, hasta hacerla gemir—. Pero, ¿qué es eso?
—¿Qué pasa? —Mónica intentó sentarse en la camilla.
—Nada, nada. Déjeme ver —dijo, obligándola a mantenerse acostada. Y repitió la operación una y otra vez, apagando y encendiendo el equipo. —Vuelva la semana próxima, por favor —dijo por fin—. Vamos a repetir la ecografía.
—¿Pero… qué pasa? —Mónica estaba tan aterrada que si lo hubiera pensado ni se hubiese atrevido a preguntar. —Dígame qué está pasando.
—El equipo se descompuso —dijo el médico tartamudeando—, no sé qué…
Mónica lo empujó contra la pared.
—¿Qué mierda pasa?
—Ya le dije —volvió a tartamudear—, el equipo…
—¿Qué vio? ¡Hable! ¿Qué fue lo que vio?
—Nada. No sé. El equipo anda mal. Se veía doble. Lo vamos a repetir, ya le dije. Vuelva en una semana.
Sería mejor pensar que el tipo se había vuelto loco.
No, no. Ella no podía esperar una semana.
Salió corriendo del consultorio, subió a un taxi y fue a su casa. Buscó la cartilla de la cobertura médica y llamó a todos los ecografistas hasta que consiguió un turno para esa misma tarde.

En la sala de espera le faltaba el aire.
La pesadilla, en los últimos días, se había vuelto insoportable hasta hacerla gritar. Y entonces había desaparecido: la voz se silenció de pronto.
Y ella creyó que el cura la había librado. Ingenua. ¡Qué cura ni cura! Algo raro sucedía y no tenía nada que ver con el cura ni con la iglesia ni con ningún santo.
De golpe la panza parece explotar, ya no soñás, el ecografista se vuelve loco.
Mónica se levantó y preguntó si debía esperar mucho.
—No, señora. Usted es la próxima.
Volvió a sentarse.
El corazón le latía tan fuerte que podía oírlo por encima del murmullo de las otras mujeres. ¿Cómo podían hablar tanto? ¿Cómo estaban tan tranquilas? ¿Cuántas de aquellas mujeres habían sido capaces de…
—Señora Mónica, su turno.
Ni siquiera sintió el frío del gel.
El médico le hablaba pero ella no lograba entender lo que le decía.
Como si se le hubiesen destapado los oídos, escuchó una palabra: mellizos.
Y… ¿qué más? ¿Qué le decía el médico?
—No se ven bien, señora. Quiero decir: uno de los fetos está algo borroso.


—Ricki —dijo Mónica—. Necesito que me ayudes, no aguanto más.
—Contame —dijo él, sin quitar la mirada de la tele y picar salame.
—Es el bebé. El… el otro bebé. El del otro embarazo.
—¿De qué mierda estás hablando?
—Digo que primero se me aparecía en sueños. Pero ahora…
—¿Ahora qué? —él no soltaba el control remoto y masticaba haciendo ruido.
—¿Podés dejar de hacer zapping y darme un poco de bola?
—Te estoy escuchando.
—En la ecografía había mellizos, ¿entendés?
—Si entiendo qué —dijo con la boca llena.
—No sé cómo decirlo, seguramente nadie lo creería posible. Pero creo que lo tengo adentro. Creo que nuestro hijo corre serio peligro.
Ricki tragó y apagó la tele.
—Vos —dijo, mirándola con tanta bronca que Mónica  bajó la mirada—, vos a mí me estás hablando en serio.
—¿Y cómo carajo querés que te hable, si se trata de nuestro hijo?
—Dale, hacete la santita ahora —Ricki fue a la heladera y agarró dos latas de cerveza. Abrió una—. Hay que festejar, ¿no? —dijo, sentándose en la mesada, reservando a mano la otra lata—. Si vamos a tener mellizos, hay que festejar.
—Ricki —Mónica ya no podía retener las lágrimas—. ¿No me crees, no?
Él bebió un buen trago.
—Ni una palabra.
—Pero el ecografista dijo…
—Que ibas a tener mellizos. Salud.
—Dijo que uno de los bebés se veía borroso. ¿Qué creés que significa eso?
—Que el aparato andaba para el culo —terminó la lata, la abolló contra la mesada y la embocó en la pileta. Abrió la otra—. Una sola cosa te digo, querida: si insistís con esta mierda, lo que vas a lograr es que me vaya al carajo.
—¿Me vas a dejar sola?
—¡Qué pregunta! Sola, lo que se dice sola, no. Te voy a dejar con tus mellizos, o como quieras llamarlos.


Dos días después, Ricki preparó las valijas y salió sin decirle a dónde iba.
Y ella se quedó sola, definitivamente sola. Sola con eso.
La pesadilla volvió.
Ya ni siquiera dormía diez minutos seguidos. Cada vez que cerraba los ojos, podía ver lo que le sucedía en las entrañas: el engendro de sus pesadillas definitivamente se había instalado en el exacto sitio de la venganza.


Treinta y seis semanas

Mónica no podía dejar de tiritar más y más: aquel blanco lugar que alcanzaba a distinguir a través de sus párpados entrecerrados parecía de hielo. Lo único que quería era poder despertarse. Despertarse de una vez.
—Mónica, Mónica —insistía una voz de mujer (que no era la de su madre, de eso sí estaba segura)—. Atiéndame.
¿Abría alguien más, aparte de esa desconocida? Tal vez Ricki: todos los padres, al menos los padres normales, aparecen en esos momentos.
Pero no. Lo único reconocible era esa apremiante, insoportable voz.
Y Mónica temblaba, temblaba sin parar.
Ricki, pensó. Ricki, abrazame. Por favor.
—Mónica —decía la espectral mujer vestida de blanco, borrosa junto a su cama—. Míreme, présteme atención.
—Por favor, enfermera…
—Yo no soy enfermera, pero puedo ayudarla mejor que...
Y dijo algo más, que Mónica no pudo percibir: era como si las palabras se envolvieran de algodones y volviesen a aparecer.
Los ojos de Mónica se movieron hasta encontrar los de la extraña. Eran acuosos, sin vida. Tuvo la sensación de que ya conocía esa mirada: era como yacer paralizada y desprotegida frente a un serpentario.
—Eso es, Mónica. Le decía que usted acaba de tener un hijo. ¿Lo recuerda?
Mónica se retorció entre las sábanas. No podía moverse: la habían atado de pies y manos.
—Un hijo, Mónica. Un hijo suyo.
Apretó las mandíbulas, abrió los ojos hasta que le dolieron y negó sacudiendo la cabeza.
—Sí, Mónica. Ahora se lo traeremos. Vamos a dejarla ver a su bebé.
—¡No! —gritó en un alarido—. No, no, no —la garganta le ardía. La boca se le llenó de sangre. Escupió y tragó saliva.
Miró hacia la puerta.
Una enfermera entraba con un envoltorio blanco.
—Mónica —dijo la mujer a su lado—. Es su hijo. Por favor, mírelo.
La enfermera se acercaba.
Mónica necesitaba verlo a los ojos. Por la mirada sabría.
Ahora podría comprobarlo.
Era su única oportunidad. ¿Y si eso se había vengado? Ahora había llegado su turno.
Tragó saliva y sangre y habló con la mayor calma posible.
—Las manos —dijo—. Suéltenme las manos.
La enfermera miró a la mujer.
La mujer asintió y agarró al bebé.
La enfermera no podía desatar las correas.
—Voy por una tijera —dijo.
Mónica esperó sin mirar a la mujer ni a la criatura.
La enfermera volvió a entrar y le cortó la correa de la mano derecha.
—Una está bien —dijo la mujer de blanco—. No hace falta desatar las dos. ¿No es verdad, Mónica?
La enfermera fue en busca del bebé.
Mónica se estremeció ante la cara rosada que le acercaban con tanto cuidado. Un gnomo, un anciano centenario.
La criatura abrió la boca, emitió sonidos húmedos.
Y en esos tiernos labios ella pudo leer claramente la palabra oportunidad.
oportunidad
oportunidad
oportunidad
Ahora por fin entendía el significado.
¿Por qué ella se la había dado a este nuevo embarazo? ¿Por qué no a aquel otro, cuatro años atrás?
Desesperada acercó la mano a aquella bestia, la sujetó del brazo. Necesitaba atraerla hacia sí, morderla, arrancar del hueso esa carne impostora. ¡Devorarla! ¡Vengar a su verdadero hijo, ojo por ojo!
La enfermera forcejeó con ella, casi tirando del bebé.
Mónica se dijo que tal vez lograrían descuartizarlo.
La otra mujer corrió hacia el pasillo a los gritos, pidiendo ayuda.
Y Mónica pudo descubrir la tijera sobre la mesa de luz.
Soltó al monstruo y la agarró.
La enfermera salió corriendo con el bebé.
Eso —dijo Mónica con un borboteo de voz, la garganta no paraba de sangrar—. Eso no es mi hijo.
—Tranquilícese, Mónica —la mujer de blanco se había quedado junto a la puerta.
Eso —Mónica volvió a escupir sangre—. Eso no es mi…
—Mónica —oyó—. Suelte la tijera, por favor.
Mónica miró la tijera en su mano: era lo suficientemente grande para haberle arrancado la cabeza de un tijeretazo. Ah, si sólo lo hubiera tenido un segundo más… tal vez hubiera podido…
La mirada perversa del animal, ahí. Se habían llevado su cuerpo, pero no su esencia.
La mano de Mónica seguía aferrada a la tijera. Y eso lo sabía.
De golpe Mónica sintió el dolor, un dolor intolerable, un dolor conocido. El acero en la garganta. Se ahogaba, no podía respirar.
Abrió la mano esperando la caída de la tijera contra el piso. Pero no hubo ruido.
Se ahogaba.
Se agarró la garganta, notó algo frío.
La tijera se había clavado en su cuello.
Tengo que sacarla, pensó.
Pero no podía, el dolor la volvía loca.
Se desvanecía, ya no tenía fuerzas para arrancarse la tijera.
Tengo que despertar, pensó. No es más que otro sueño. Otra pesadilla.


No sentía dolor.
Ya no estaba en una cama, ya no había ataduras en sus manos y sus pies. Respiraba con facilidad.
¿Habría muerto?
Ahora se encontraría con su hijo, con su verdadero hijo.
Lo vio.
Era tal cual lo recordaba de los sueños.
Mónica se acercó.
Necesitaba abrazarlo, pedirle que la quisiera. Decirle que ella no sería una mala madre.
Lo tenía al alcance de la mano. Su hijo descansaba, le había llegado el momento de descansar. Ella velaría su sueño para siempre.
Lo levantó en brazos. Lo acunó con ternura, con desesperación.
Ya nunca más estaría sola.
Se quedó contemplándolo.
Esperó.
En cualquier momento su bebé abriría los ojos.


Publicado en la Revista NM y en Cuentos de La Abadía de Carfax 4.